En el seno de la historia


Laureano Márques P

Tomado del Nacional especial Senosalud 11 de Octubre de 2005

Cuando Bolivia Bocaranda, a nombre de Senosalud, me llamó para pedirme una colaboración sobre la evolución histórica del pecho femenino, me puso en una situación, por decir lo menos, embarazosa. Una mujer no debería colocar a un hombre en ese compromiso, aunque la visión del busto femenino que ha predominado a lo largo del devenir de los tiempos ha sido la del macho. Siendo yo un hombre de experiencia bastante limitada en el tema solicitado, acudí al consejo de una notable escritora, Marilyn Yalom quien ha publicado un libro intitulado Historia del pecho (Tusquets, 1997), con cuyo auxilio pretendo meterle el ídem a la cuestión.

Dice la historiadora que todas las vicisitudes por las cuales ha pasado el busto femenino a lo largo de la historia pueden reducirse a tres grandes categorías, a saber: el pecho nutritivo, el pecho erótico y el pecho patológico.

Las dos primeras han estado muy presentes a lo largo de la historia universal, en algunos casos, si no de manera abierta, de forma clandestina.

La noción del pecho patológico es, según ella, de más r e c i e n t e data y está vinculada a la alta incidencia del cáncer de seno en la mortalidad femenina, lo cual no quiere decir que este sea un problema exclusivo de nuestro tiempo, ya que –desde la Antigüedad– los padres de la medicina, Hipócrates y Galeno, se enfrentaron al problema y desarrollaron técnicas quirúrgicas para aliviar lo que ellos denominaban “karkinos o karquinoma” y hasta se dice que Cleopatra padeció la enfermedad.

 

La visión erótica del seno femenino es quizá la que mayor difusión ha encontrado. La historia del arte es una muestra de ello: desde la prehistoria, el busto femenino ha sido representado en clara alusión a la sexualidad; bueno, dice uno, porque vaya usted a saber lo que realmente estaba en la cabeza de nuestros antepasados y quizá los estamos examinando con la morbosa mentalidad de nuestro tiempo; si Freud viviera, se daría banquete con nosotros. De todos modos, lo que no puede negarse es que desde las épocas más remotas, los senos se han constituido en representación de la sexualidad femenina.

Desde la Venus de Willendorf hasta Janet Jackson, la exhibición del busto femenino se asocia al erotismo. Eso sin contar la moderna publicidad en la cual los senos son asociados a múltiples productos por distantes que les sean.

En función del erotismo, la moda ha impuesto diversos tamaños a los senos: en la Antigüedad, guardaban las proporciones conforme a la noción de belleza como armonía (una muestra la encontramos en la celebérrima Venus de Milo). En la Edad Media, casi ausentes, escondidos y sólo vinculados a la nutrición, tanto del cuerpo como del espíritu. Por ello, durante ese tiempo, los senos preferidos son los pequeños. La representación pictórica que se hace de ellos es religiosa y se reduce a la Virgen amamantando a Jesús, de lo cual hay abundantes ejemplos, el más remoto, descubierto en el cementerio de Priscila en Roma, donde se halló la que –según los expertos– constituye la más antigua imagen de la Madre de Dios. En el Renacimiento, este tipo de representaciones se producirán con mayor abundancia en un tema iconográfico que se conoce bajo el término genérico de “Virgen de la leche” y que establece un símil entre la alimentación de Cristo por su madre y la alimentación espiritual que los cristianos reciben de la Iglesia.

Común es la representación, también durante el Medioevo, de Santa Ágata, que –según la tradición– fue martirizada por Quintianus, quien le mandó a cortar los senos ante la negativa de la virgen a ser deshonrada por el senador romano. Es considerada esta santa, por tal razón, patrona de las afecciones mamarias y se le suele obsequiar con un par de hogazas de pan, símbolo de sus pechos.

En el Renacimiento, renace también la idea del seno voluminoso y, con él, los corsés y corpiños dispuestos a exaltar el busto femenino hasta dejarlo, casi por completo, al descubierto.

Ello se nota en la pintura de este tiempo, que retoma, además, el clasicismo y sus desnudos.

 

Se revaloriza el pecho como objeto erótico; surgen las nodrizas en el seno (nunca mejor dicho) de las familias acomodadas que pueden pagarla, para que las damas pudientes orienten sus atributos exclusivamente a lo sexual, y también la idea de la venta de la leche materna, asociada a la p o b r e z a .

Todo esto t e n d r á c o n s e - cuencias en la utilización de los pechos femeninos como símbolo político; así sucede durante la Revolución Francesa, cuyo emblema es la imagen de una mujer con busto descubierto y gorro frigio, alegoría, quizá, de la redención del pecho femenino de la esclavitud de la que era víctima.

Múltiples representaciones pictóricas y escultóricas dan muestra de ello. Una de las más celebradas, La libertad guiando al pueblo, del pintor francés Delacroix. El pecho que amamanta es ahora el equivalente de la ciudadanía responsable.

Con el avance de la medicina en nuestros tiempos, se han logrado grandes progresos, no sólo en el tratamiento de las afecciones mamarias, sino también en su prevención. Por otro lado, el protagonismo erótico de los senos ha vuelto a cobrar importancia, al punto de dar paso a nuevas formas de cirugía para “corregir” lo que natura non da o gravedad non presta.

Los modelos de belleza femenina que imponen fundamentalmente las actrices y modelos, desde Marilyn Monroe a esta parte, determinan la moda del busto prominente que ha dominado hasta el sol de hoy, donde el pecho está muy lejano de la idea antigua de fuente de alimento y –sobre todo– de la idea de libertad de los tiempos de la Ilustración.